La pobreza energética en el estado Español es una realidad que ya ha arrastrado a la muerte a más de 7.000 personas.

En otras palabras, un 1 7% de la población tiene dificultades para pagar la luz, el gas o el agua.
Los cortes de electricidad, 524.000 de los cuales fueron ejecutados por Endesa, afectaron a más de 1,4 millones de familias en 2012.
Son demasiadas las familias que se ven obligadas a decidir entre pagar la hipoteca, pagar la energía y el agua o alimentar a sus hijos e hijas, y eso sin contar al colectivo de personas que, por motivos de salud, un corte en el suministro energético pone en peligro su vida.
A pesar de todo esto el oligopolio energético –Endesa, Gas Natural-Fenosa, Iberdrola, EON España y EDP– y AGBAR, lejos de sufrir la crisis, aumentan sus beneficios y no dudan en incrementar tarifas: la electricidad ha subido un 83% desde 201 3 y el agua se ha encarecido en un 65% desde 2008.
Según la Oficina de Derechos Sociales de Coia, “en la Galicia 65 mil personas sufren pobreza energética: no pueden hacer frente a las facturas de luz, gas o calefacción.
Mientras la desigualdad y la precariedad crecen, la factura eléctrica no para de subir. Tenemos la tercera electricidad más cara de Europa.
El 27 de noviembre el ayuntamiento de Vigo encenderá el alumbrado de Navidad en el que va (vamos) gastar más de 400.000 euros, y en el que se encenderan 2 millones y medio de pequeñas luces de colores.
Hablamos con vecinas y vecinos de Vigo que sufren cortes de electricidad, que cuentan de la violencia de la exclusión del acceso al derecho a la energía.
La prioridad de las políticas públicas debería ser combatir esta exclusión y garantizar derechos básicos”.
Algo más de 200 muertes al año, son de ancianos que fallecen sin que nadie se  dé cuenta.
El aislamiento y la despoblación rural es un factor determinante, pero  los casos se registran también en las ciudades. Y muchas veces son  estos cuerpos, de personas que con el paso del tiempo han visto enterrar  hasta a la última de sus amistades, los que más días se tardan en  descubrir.
“En el año 2013, 54 muertes fueron de personas que vivían solas. Adultos de entre 60 y 90 años”, controlados en la  distancia por hijos o nietos que viven en la ciudad y que un día  llegan de visita y los hallan muertos.
Muchos, libremente, deciden  vivir en la miseria aunque tengan su paga. Malviven y mueren como  quieren, sin percatarse de sus malas condiciones.
Aunque la sociedad Gallega es una sociedad  familiar, cada vez hay menos hijos, y además el anciano quiere estar en su medio.
Otros factores que se repiten, en buena parte de los casos, son la  mala alimentación, el desbarajuste en la medicación, el descuido  personal, la falta de higiene y un deterioro cognitivo que muchas veces  aparece asociado a síndromes como el de Diógenes.
El sistema público de residencias y centros de dia, está “desbordado”. 
Los recursos de los servicios sociales que  prestan los Ayuntamientos, no llegan, porque es “imposible  atender gente tan dispersa, pues hay más de 1.500 aldeas abandonadas y 820 con un solo vecino , y el problema no está valorado suficientemente  por parte de la Administración, pues las pulseras de teleasistencia se muestran ineficaces.”
Los ancianos mueren por fallo cardíaco, hemorragias  cerebrales y tumores en la mayor de las soledades, aparte de los muertos  naturales. También los hay que aparecen carbonizados intentando combatir el  frío y los que se suicidan cuando intuyen, a veces equivocados, que les llega la muerte.
Según el INE, 106.000 gallegos de más  de 65 años (el 74% mujeres) no comparten sus vidas con nadie y 322.500  mayores de 75 padecen diversas patologías.
La Sociedade Galega de Xerontoloxía cuantifíca en 350.000 los jubilados que  viven solos o con otro mayor de 70. De estos, 56.000 subsisten en zonas aisladas, muchos con pensiones “de caridad” y  en “infraviviendas”. A veces, cuando son pareja deciden morir juntos.  Hace cuatro años, los bomberos hallaron a un matrimonio sin hijos,  tendido en el suelo y abrazado en un piso del barrio vigués de Coia. Él  había muerto hacía 15 días. Ella dejó de comer y se echó a su lado para  morir.
“Hay casos de  personas en silla de ruedas, ciegas, obesas, con tabaquismo y  dependencia del oxígeno que tienen que subir 30 escaleras”. Ancianos que  “no saben marcar un teléfono”. Que “se pasan el día en la cama”,  “rodeados de basura”. “No quieren dejar su casa ni gastar dinero”,  lamenta Jose Luis Cascallana Álvarez.
Los hay con pensiones miserables a quienes, al morir, se les descubren miles de euros en la ropa interior o  escondidos en la casa.

Según Julio Jiménez, responsable del Imelga en Ourense, las  incapacidades se duplicaron desde 2012, rondan ya unas mil al año en su  provincia y están desbordándolos. “En el partido judicial de Verín se  hizo casi un internamiento involuntario cada semana en 2013, unos  trances, el arrancarlos de sus casas, que llegan a ser muy violentos”,  reconoce Serrulla. “A veces llegamos tarde, y ya están muertos. Otras,  los internas creyendo que les haces un favor y en pocos días se mueren,  quizás de pena. Alguno se suicida en la residencia. Y nos queda el  sentimiento de culpa”.